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Odio el coche, la carretera, los atascos y a los delincuentes del volante. A la pregunta del anuncio: “¿Te gusta conducir?”, contesto: “¡No!”.

A mí me gusta el traqueteo del tren mientras leo un buen libro, escucho mi música favorita, miro el paisaje (con frecuencia los atascos de la autovía) o sencillamente cierro los ojos y me adormilo.

En este entorno ferroviario, mientras espero al tren, durante el trayecto de ida o vuelta o en la estación pasan cosas, anécdotas. Aquí las cuento.

“Historia de dos ciudades”, Charles Dickens.

Hoy he terminado de leer esta excelente novela del autor inglés, Charles Dickens. Tenía “grandes esperanzas” de encontrarme con una gran novela, y la verdad es que no me ha defraudado en absoluto. Está a la altura de los comentarios y recomendaciones que he leído y escuchado sobre ella. Y del autor, por supuesto.

“Historia de dos ciudades” narra, en diferentes épocas, una historia que se va enlazando entre dos ciudades bien diferentes: Londres, una ciudad más bien pacífica y París, una ciudad en plena revolución francesa, llena de peligros e incertidumbre.

La verdad es que la capacidad narrativa de Dickens es impresionante. Describe magistralmente la época convulsa de la revolución francesa, con el gran contraste entre la clase acomodada (una gran minoría) y el resto del pueblo, en su miseria y hambruna.

Como muestra dejo un par de extractos que se pueden encontrar en dos partes diferentes de la novela.

El primer extracto describe magistralmente la clase de personajes que se podían encontrar en los salones de los nobles. ¡Me parece asombrosa la similitud con todos esos personajes, sabios, expertos y otras sanguijuelas que medran alrededor del poder y de los medios de comunicación actuales. En el fondo parece que no somos tan diferentes de las gentes de hace doscientos o trescientos años. Leemos:

Aquellos salones, a pesar de que ofrecían un aspecto magnífico y digno de ser contemplado, pues estaban espléndidamente decorados y alhajados con todo el gusto y el arte de la época, en aquellos salones los asuntos no andaban bien, como habrían opinado los desarrapados que no estaban muy lejos.

En efecto, había allí militares que no tenían el más pequeño conocimiento militar; marinos que ignoraban por completo lo que era un barco; empleados civiles que carecían de la menor noción de los negocios; eclesiásticos desvergonzados, de ojos sensuales, sueltas lenguas y costumbres muy liberales; todos ellos inútiles para los cargos que desempeñaban. Abundaban también las personas que desconocían los caminos honrosos en la vida, los doctores que hacían fortunas curando imaginarios males a sus pacientes, arbitristas que tenían remedios para todos los pequeños males que sufría la nación, filósofos ateos que trataban de arreglar el mundo con palabras y que conversaban con químicos también ateos, que perseguían la transmutación de los metales. Exquisitos caballeros de la mejor cuna se daban a conocer por la indiferencia que demostraban por todo asunto de interés humano.

Bueno, muy bueno, ¿no te parece?

Ahí dejo también otro extracto de la novela. En este destaco la capacidad descriptiva y la belleza de su narración. Este extracto, que es algo más largo, dice así:

Dejó una luz encendida sobre la chimenea, hizo caer entorno de la cama las cortinas de gasa y, al disponerse a dormir, dio un suspiro que alteró el absoluto silencio de la noche.

Durante tres largas horas los rostros de piedra de la fachada estuvieron mirando la noche; durante aquellas mismas horas los caballos en las cuadras manoteaban ante sus pesebres, ladraron los perros y el búho profirió un sonido muy distinto del que le prestan los poetas.

Por espacio de tres horas los rostros de piedra de hombres y leones, miraron ciegos a la noche. La obscuridad más completa envolvía el paisaje y no se habría podido distinguir una de otra las tumbas del cementerio, cubiertas por la hierba. En la aldea los contribuyentes y los cobradores de contribuciones dormían profundamente. Tal vez soñaban en banquetes, como les suele ocurrir a los que sufren hambre, o bien, que vivían cómoda y tranquilamente, como sueñan los esclavos y los bueyes uncidos al yugo.

Corría el agua de la fuente del pueblo, así como la fuente del castillo, sin que nadie la viera o la oyera, perdiéndose a lo lejos como se pierden los minutos que manan de la fuente del Tiempo. Luego las aguas de ambas fuentes empezaron a ser débilmente visibles y se abrieron los ojos de las caras de piedra de la fachada del castillo.

La luz aumentaba por momentos, hasta que apareció el sol, alumbrando las copas de los árboles y la cima de la colina, y a su luz el agua de las fuentes parecía sangre y se tiñeron de rojo las mejillas de los rostros de piedra. Empezó el canto de los pájaros y uno de ellos fue a entonar su canción en el alféizar de la ventana del marqués. Al oírlo el rostro
de piedra más cercano, pareció quedarse asombrado y con la boca abierta por el pasmo, miró.

El sol ya estaba en el cielo, y empezó el movimiento en la aldea. Se abrieron las ventanas, se quitaron las trancas de las puertas y salieron los moradores, estremeciéndose al

recibir el fresco aire de la mañana. Y empezó el trabajo diario; algunos se encaminaron a la fuente, otros a los campos a cavar; otros se ocuparon en el mísero ganado y llevaron a las flacas vacas a apacentarse en el mísero alimento que podían hallar a lo largo del camino. En la iglesia estaban dos o tres personas arrodilladas ante la Cruz, en tanto que fuera esperaba una vaca a que su amo terminara las oraciones, tratando de hallar el desayuno entre las hierbas que tenía a sus pies.

El castillo despertó más tarde, cual correspondía a su jerarquía, pero lo hizo de un modo gradual y seguro. Primero el sol tiñó de rojo las armas de caza que colgaban de las paredes y luego brillaron los filos de acero a la luz del sol matinal; se abrieron puertas y ventanas, los caballos en sus cuadras empezaron a mirar por encima del hombro al advertir la luz del nuevo día; brillaron y se agitaron las hojas de los árboles ante las ventanas enrejadas y tiraron los perros de sus cadenas impacientes por recobrar la libertad.

Todos esos incidentes triviales pertenecían a la rutina de la vida y a la vuelta de cada mañana. Pero en cambio, ya no era acostumbrado el repicar de la campana del castillo, ni las carreras que dieron los criados por las escaleras y por las terrazas, así como tampoco la prisa con que se ensillaron algunos caballos. No se sabe cómo pudo el peón caminero enterarse de todo eso, cuando se disponía a empezar su trabajo en lo alto de la colina inmediata a la aldea, en tanto que había dejado sobre un montón de piedras el paquete que contenía su comida y que no valía la pena de que una garza se molestara en arrebatárselo. ¿Acaso se lo habían dicho los pájaros? Pero fuese quien fuese, lo cierto es que el peón caminero corría con toda su alma y no se detuvo hasta llegar a la fuente.

Todos los aldeanos estaban allí, hablando en voz baja y sin mostrar otro sentimiento que curiosidad y sorpresa. Las flacas vacas trabadas a cuanto pudiera retenerlas, miraban con estupidez o masticaban cosas que no valía la pena de mascar y que hallaran en su interrumpido pasto. Algunos hombres del castillo y de la casa de postas, así como los perceptores de impuestos, estaban más o menos armados, y se agrupaban en el extremo de la calle, aunque sin objeto alguno. En cuanto al peón caminero, se había metido ya en el grupo de aldeanos y se golpeaba el pecho con su gorro azul. ¿Qué significaba todo aquello? ¿Por qué el señor Gabelle iba montado a la grupa de un caballo que guiaba un servidor del castillo?

Significaba que en el castillo había aumentado en uno el número de los rostros de piedra. Nuevamente la Gorgona había mirado durante la noche y añadió la cara de piedra

que faltaba, la que las demás estuvieron aguardando por espacio de doscientos años.

La cara de piedra reposaba sobre la almohada del señor marqués. Parecía una fina careta, repentinamente sobresaltada, encolerizada y petrificada. Y en el corazón de aquella figura de piedra estaba clavado un cuchillo. Alrededor del mango se veía un trozo de papel, en el que estaba escrito: “Llévalo aprisa a su tumba. De parte de Jaime.”

 

Bello, ¿no te parece?

Lamentablemente he tenido que terminar de leer la novela en mi ordenador (en una versión en pdf) porque hace unos días me dejé olvidado el libro en un asiento de la estación de tren. Chico despistado. Vaya en mi favor que mi despiste fue debido a que me preocupé en ayudar a un matrimonio mayor que no sabía sacar su billete desde la máquina expendedora. Es lo que tiene quitar a los humanos de la atención al cliente y dejar a máquinas. No es lo mismo.

Estación de Abrera, donde extravié mi "Historia de dos ciudades".

Bueno, la cosa es que tras mi inicial cabreo por dejarme el libro en la estación y no saber muy bien qué hacer en mi trayecto de ida y vuelta, en el fondo, y lo digo de corazón, me alegré un poquito cuando verifiqué que el libro ya no estaba allí unas horas después. Pensé… quien se lo ha llevado se ha llevado un excelente libro. Que le aproveche.

A.G.F.L.L. (Asamblea General Ferroviaria de Lectores de Libros).

Hace unas semanas, en un artículo anterior, hablé de tablets, portátiles, smartphones y otros artilugios tecnológicos propios de los tiempos que corren. Hablé de una A.G.T.F. (Asamblea General Tecnológica Ferroviaria).

Ese día coincidimos, frente a frente, codo a codo, tres compañeros anónimos de viaje, utilizando tres portátiles a la vez. Toda una asamblea tecnológica, sin duda. Tampoco es algo tan excepcional el uso constante de la tecnología en cualquier lugar: el tren, la calle, el restaurante, en la cama, en la cima de esa montaña, en el lavabo…

Ahora bien, el pasado viernes, sentado en mi querido tren, camino al trabajo, volví a coincidir con otras dos compañeras anónimas de viaje. Frente a frente, codo a codo, éramos tres usuarios, esta vez de algo distinto. No era una tablet, ni un portátil. Tampoco era un smartphone. Los tres teníamos en las manos un libro. No había pantallas táctiles, ni auriculares. Tampoco teclado ni cámara de tropecientos píxeles de resolución; ni falta que nos hacía en ese momento. Parecíamos disfrutar del momento, de nuestra A.G.F.L.L. (Asamblea General Ferroviaria de Lectores de Libros).

Está claro que, aunque la tecnología digital se está imponiendo y es una realidad (ni mejor ni peor, tan solo una realidad), lo analógico, como por ejemplo el libro, sigue muy presente en la vida cotidiana de las personas que, al igual que mis dos compañeras anónimas del tren y yo, seguimos disfrutando de tocar, sostener y leer un buen libro.

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A.G.T.F. (Asamblea General Tecnológica Ferroviaria).

Hoy mientras escribo estas líneas, desde el asiento del tren, mi querido tren, tengo la impresión de estar en la oficina del trabajo. Sí, en la oficina. Serán cosas del azar, la casualidad o quizás (lo más probable) cosas de la realidad de la vida, de que la tecnología y los ordenadores, los portátiles, las tabletas y todos estos inventos maravillosos, están presentes y omnipresentes en nuestras vidas.

La cosa es que al entrar en el tren, he decidido sentarme enfrente de un “compañero de viaje” el cual estaba bien entretenido con un ordenador portátil. Yo, que en ocasiones abro mi mochila y saco un libro para leer, hoy he sacado el portátil. Y ahí nos tienen a los dos, frente a frente, portátil con portátil, dirigiéndonos a nuestros respectivos destinos.

En una de las siguientes paradas se suma a esta reunión tecnológica otro “compañero de viaje”, o mejor dicho “compañera”, porque es mujer. Se sienta a mi lado y… tachán, saca también su maravilloso ordenador portátil. Esto deja de ser una reunión para convertise en toda una A.G.T.F. (Asamblea General Tecnológica Ferroviaria).

Es este hecho (cada vez más normal) de estar 3 personas juntas, una al lado de otra en el tren con sus ordenadores portátiles, lo que me ha hecho pensar en cómo evolucionan los tiempos y las costumbres de todos nosotros.

¿Es bueno, es positivo, es malo, es negativo? Es lo que hay, la realidad, nos guste o no. El uso de la tecnología, los ordenadores portátiles, los e-books, los smartphones y un largo y evolucionante etcétera, ha venido a nuestra sociedad, a nuestras vidas, para quedarse. El uso que le demos depende, exclusivamente, de nosotros.

Caradura e inmoral.

Sí, caradura e inmoral es el personaje del que os voy a hablar hoy. Hace ya un tiempo, varios meses de hecho, que me crucé con él, pero hay cosas que no se me olvidan fácilmente y la tenía apuntada en mi libretita de las anécdotas de la Estación, para más pronto que tarde contarlo aquí en el blog. De recuerdo, mal recuerdo.

Era un día como otro cualquiera, volviendo del currelo. Entro en la estación, saco la cartera, el billete, lo paso por la máquina, se abren las puertas, paso… y observo como un hombre joven de unos veintipico años (el personaje) con suma habilidad, conseguida por años de mucha práctica, pega un salto y se pasa el billete, la máquina y las puertas por donde ya os imagináis. Osea, que se cuela. Ya tenemos aquí al personaje caradura.

Una vez en el andén de la estación esperando al tren, mientras me entretenía intentando buscar una canción en mi iPhone, y el caradura fumador se fumaba su pitillo, llegan una abuelita con su nieta, esta última de unos 9-11 años, no más. Resulta que la abuela, que hablaba con suficiente volumen para ser escuchada por los que estábamos alrededor, estaba preocupada porque se había equivocado al sacar el billete y había sacado uno de menos zonas, por lo que se podría encontrar con diversos problemas, como que al salir la máquina no le autorize el paso, que un inspector le pidiera los billetes y al ser de otra zona inferior le multase, etc… En fin, que la señora estaba preocupada y se preguntaba en voz alta que qué podía hacer.

De nuevo nuestro personaje el caradura fumador vuelve a la acción. Esta vez, entre risas, se les acerca y les dice algo así como: “Pero bueno, señora, jajaja, tranquila, si no hace falta pagar billete. Colarse es muy fácil, sólo tienes que poner la mano nosédonde y hacer nosequé y te ahorras de pagar”. La señora, junto con la niña que escuchaba con atención, lo miraba como sin saber que responderle, aunque de seguro que pensaba “menudo sinvergüenza que estás hecho”.

La cosa es que yo que lo veía y escuchaba todo, se me encendió la sangre. Que el personaje caradura se colara me empreña, y bastante, pero que vaya predicando todo orgulloso su método y con el agravante de hacerlo delante de una niña… me pareció inmoral, y como que no. Y ahí voy yo, tonto de mí, y me meto en medio, y le digo (dirigiéndome a la señora y muy especialmente a la niña): “a mí me gusta pagar mi billete, siempre lo he hecho, porque el transporte público hay que mantenerlo entre todos los usuarios, y hay que ser solidario. Yo entiendo a gente que es muy pobre y que en un extremo se cuelen. Lo entiendo. Pero el que tiene para tabaco, tiene para el tren…”, y me callé. La señora me hizo una tímida mirada de aprobación, mientras yo, con el corazón a doscientos por hora, me maldecía por ser tan gilipollas y meterme donde no me llaman. “Ahora el menda se me va a acercar con esa cara de delincuente que tiene y me va a decir que qué pasa, que de que voy o algo parecido”.

Pero no, puntual como siempre, llega mi querido tren que me lleva de vuelta a casa y que me aleja veloz de este personaje caradura… e inmoral.